Un candidato presidencial que casi no hace campaña. A sus actos públicos no asiste casi nadie. Cuando cierran el conteo de votos en la madrugada va perdiendo. De pronto amanece como el ganador gracias a votos milagrosos que lo llevan a ser el más votado de la historia electoral norteamericana.

Se impugna ese resultado pero no se quiere investigar y se censura toda información al respecto. El Congreso, en funciones de Colegio Electoral, donde se va a objetar ese resultado es convenientemente asaltado, se evita ese debate y lo certifica también en la madrugada, más que como Presidente-Electo como Mandatario-Impuesto.

Su compañera de fórmula espera casi hasta su toma de posesión como segunda al mando para renunciar a su puesto en el Senado, como si ella misma dudara que realmente ha triunfado. Se demoniza a quienes legítimamente dudan de ese resultado y se prohíbe siquiera hablar del tema.

Y oportunamente el pueblo que masivamente lo eligió no puede asistir a su toma de posesión. Pero hay más de 20,000 guardias nacionales desplegados.

No sé, algo no huele bien, o como diríamos en buen cubano, no cuadra la lista con el billete.