“Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada.” – Mark Twain

Hay muchos que no entienden en toda su magnitud lo que verdaderamente está ocurriendo en Estados Unidos. Todavía hay mucha gente confundida porque ha sido manipulada y engañada por una falsa narrativa que determinados sectores políticos y creadores de opinión en los medios masivos de difusión y en las redes sociales han ido imponiendo en los últimos años, pero que se ha acentuado en los últimos meses. Esta pseudoverdad se ha impuesto a base de repetición de mentiras y de férrea censura de todo pronunciamiento que se le oponga o que siquiera la cuestione.

Lo ocurrido en el proceso electoral estadounidense va más allá de un choque entre poderes, entre el legislativo y el ejecutivo. Y es incluso mucho más grave que un simple acto de fraude electoral. Se ha llevado a cabo un verdadero golpe de estado. No el tradicional golpe militar sino un golpe electoral, más acorde a estos tiempos. Golpe en el que se han confabulado muchísimas personas, instituciones, medios informativos, compañías tecnológicas y redes sociales, e incluso interferencias extranjeras.

Todos los reportes de conteo de los votos el día de los comicios, hasta bien entrada la madrugada, proyectaban como amplio ganador al Presidente Donald Trump. Entonces sucedió algo realmente insólito. Varios estados, que a la postre resultaron claves, decidieron al unísono suspender el conteo de votos. Para ese entonces, en la mayoría de esos estados, cuando el conteo ya sobrepasaba ampliamente el 90 por ciento de los sufragios contabilizados, Trump aventajaba por mucho a Joseph Biden.

Y apenas unas horas después, cuando se reinicia el conteo de votos, ya Biden ha recibido milagrosamente (nunca mejor dicho porque hasta una enorme cantidad de muertos resucitaron momentáneamente sólo para votar por Biden) una avalancha de votos que supuestamente le dieron la victoria. Y enseguida, aún sin haber concluido los conteos, los principales medios informativos, de facto atribuyéndose la potestad de actuar como autoridad electoral, comenzaron a proclamar a los cuatro vientos que Joe Biden era el presidente electo. Y a partir de entonces, ésa era la verdad absoluta, el non plus ultra. Cualquier otro pronunciamiento, crítica o cuestionamiento era olímpicamente ignorado cuando no abierta y descaradamente censurado, tanto por los principales medios informativos como por los dueños de las mayores redes sociales.

Cuando el Presidente de los Estados Unidos en una comparecencia pública comenzaba a denunciar las muchísimas irregularidades, ilegalidades y actuaciones fraudulentas que se comenzaban a conocer y pedía que fueran investigadas, los principales medios ¿informativos?, autoerigidos en jueces supremos poseedores de la verdad absoluta, decidieron de manera coordinada sacar del aire la comparecencia presidencial. Y desde entonces han restringido o impedido la capacidad de comunicación del Presidente del país con sus ciudadanos y han censurado toda la abundante información que ha ido apareciendo relativa al robo electoral. Declaraciones juradas de innumerables testigos, análisis forenses de las máquinas de votación, auditorías, recuentos de votos, análisis de datos e incluso de inteligencia, audiencias públicas, todo esto y mucho más fue ignorado y ocultado al público por los principales medios confabulados en el golpe electoral. Al tiempo que lanzaban una campaña propagandística dirigida a crear la sensación de que no existían evidencias de fraude electoral, de que Biden era el legítimo e indiscutible presidente electo y de que Trump sólo buscaba aferrarse al poder.

Los magnates globalistas, billonarios que financian las campañas de ciertas élites políticas en todo el mundo así como la difusión de su agenda ideológica a través de los medios de (des)información y de las redes sociales, no van contra Donald Trump porque le tengan una aversión especial por tener éste mal carácter ni incluso por sus ideas. Ellos en realidad van contra ti, contra mí y contra todos los que se opongan a sus designios o simplemente les estorben.

Trump es sencillamente un obstáculo molesto que se les ha interpuesto en su camino y ha retrasado sus planes de dominación global. Pero un obstáculo muy peligroso porque precisamente por sus fuertes convicciones y su propia situación financiera, no puede ni necesita ser comprado. Y a pesar de su nada ortodoxo estilo, que a muchos (entre los que me incluyo) choca, y de la incesante campaña mediática adversa, ha logrado conectar con millones de personas y movilizarlas, no sólo en los Estados Unidos sino también alrededor del mundo. Por eso es tan peligroso. Porque les conoce bien. Porque conoce sus planes. Porque ha demostrado su capacidad de liderazgo. Y porque se ha convertido en una referencia para muchos en todo el mundo.

Su legado como Presidente de los Estados Unidos, por mucho que intenten enlodarlo, no podrá ser ocultado o ignorado. Y no sólo los innumerables logros alcanzados en materia económica, fiscal o social en su política doméstica, sino también sus éxitos en política exterior. A pesar de la falsa propaganda que trata de presentarlo como alguien belicoso, Trump no inició ninguna guerra y trajo de vuelta a casa no sólo a gran cantidad de militares desplegados en otros países, sino también a varios ciudadanos norteamericanos que permanecían como rehenes por enemigos de los Estados Unidos. Y como si fuera poco, desempeñó un papel clave en diversos procesos de negociación internacionales que culminaron exitosamente con la firma de varios tratados de paz que pusieron fin a muchísimos años de conflictos, incluidos especialmente los cuatro históricos acuerdos de paz firmados entre otros tantos países árabes e Israel. Algo totalmente inédito y que la mayoría consideraba imposible de lograr. Por muchísimo menos, a otros les han otorgado un Premio Nobel de la Paz.

Pero los eventos recientes en los Estados Unidos van mucho más allá de un simple conflicto de poder entre alguien que algunos tildan de ser un caudillo enfermo de poder y que aspira a convertirse en tirano, de un lado, y del otro lado quienes son considerados por otros como el pantano podrido del corrupto establecimiento politico.

No fue precisamente el pueblo norteamericano quien eligió con su voto a Biden como su Presidente. Ni tampoco fueron exactamente los políticos, corruptos o no, los que decidieron quién debía ser proclamado como el vencedor en los comicios norteamericanos. Ellos fueron sólo los ejecutores del plan maestro. Fue precisamente esa élite de los grandes magnates y de los dueños de los principales medios informativos, de las grandes compañías tecnológicas y de las redes sociales quienes crearon e impusieron su verdad absoluta y la censura contra sus adversarios.

Y no fue sólo contra Trump y sus más cercanos colaboradores. Han suspendido también, ya sea temporal o permanentemente, muchísimas cuentas de muchísima gente, y han borrado o impedido que se divulguen y compartan noticias e informaciones que ellos no quieren que los demás conozcan. Y no contentos con la censura que han ido imponiendo en sus plataformas los directivos de Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y YouTube, ahora Google y Apple deciden que las redes sociales que no se plieguen a sus directrices y que permitan la difusión del mensaje de los herejes, también sufrirán las consecuencias. Por lo pronto han decidido eliminar de sus respectivas tiendas de aplicaciones a Parler, la competencia de Twitter.

Ni ha sido tampoco un evento aislado, que ha ocurrido únicamente en Estados Unidos. Ha estado sucediendo repetidamente, cada vez con mayor frecuencia, contra cada vez un mayor número de personas, en cada vez más lugares del mundo.
Se está imponiendo un nuevo orden mundial, una dictadura global, por actores no tan mediáticos pero muy poderosos, que actúan a la sombra y de manera solapada. Una élite que pocos conocen, que nadie ha elegido y que nadie controla. Muy al contrario son precisamente los miembros de esa selecta élite quienes conocen, eligen y controlan a los demás.

Conviene recordar ahora al pastor luterano alemán Martin Niemöller, quien poco después de finalizada la segunda guerra mundial dijo que “primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista. Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío. Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante. Luego vinieron por mí, pero para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.”

Dada esta nueva realidad que vive la humanidad en este siglo XXI, marcada por el globalismo y las novedosas tecnologías, se impone hacer una “actualización” (para usar un término de este presente totalmente digitalizado e interconectado), del mensaje de Niemöller, una suerte de Versión 2.0 que más o menos pudiéramos parafrasear diciendo que “primero suspendieron las cuentas de las redes sociales de la escritora exiliada Zoé Valdés en Francia y no dije nada porque yo no era de sus lectores. Después suspendieron las cuentas del Partido Vox en España y no dije nada porque yo no era de Vox. Después suspendieron las cuentas del Presidente Donald Trump y de sus colaboradores en los Estados Unidos y no dije nada porque yo no era de sus partidarios. Después suspendieron mis cuentas, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.”

Publicado originalmente en https://zoepost.com/golpe-de-estado-electoral-y-dictadura-digital/