Mucho se habla y escribe sobre la unidad, o más bien la falta de ella, dentro de las filas de la oposición democrática cubana. Y también del liderazgo y el protagonismo que tiene o que pretende tener tal o cual figura pública. Es el tema de nunca acabar.

Si bien es cierto que muchos cubanos, al igual que muchos amigos de otros países, de muy buena fe quisieran ver una oposición mayormente unida, no es menos cierto que la mayoría de los que constantemente resaltan el tema, se concentran fundamentalmente en dos grandes grupos. Por un lado, los que desde la oposición o el exilio pregonan unidad pero siempre se han opuesto, han boicoteado, o en algunos casos incluso han traicionado, toda iniciativa seria de unidad que se ha intentado. Y por el otro, quienes desde fuera de las filas de la oposición, desmarcándose de ella, como espectadores y jueces, con aires de superioridad moral y con una pretendida y falsa imparcialidad, se la pasan siempre criticándolo todo, juzgando y descalificando a todos, y usando la falta de unidad como excusa para no comprometerse ellos en nada y seguir criticando, juzgando y descalificando, o peor aún para suplantarla y usurpar su lugar.

La tan llevada y traída unidad, al menos como se la plantean muchos, nunca va a ser posible, no porque los cubanos no podamos ponernos de acuerdo sino por la propia diversidad presente en la sociedad, y también en la oposición como parte de ella. En ningún momento histórico, ni en Cuba ni en ningún otro lugar, ha habido una suerte de coalición monolítica y única que abarcara a la totalidad de los grupos que se oponían a cualquier régimen despótico. No entiendo ese afán que tienen algunos de exigirle a la oposición cubana un mito de unidad imposible como condición para avalarla y certificarla como legítima, creíble o merecedora de nuestra simpatía y apoyo.

Quién pretenda buscar la unidad en la oposición cubana, primero debe deponer toda actitud de altanería y prepotencia. No se puede pretender derrocar una dictadura totalitaria, de partido único, con una oposición también única, aglutinada en torno a un liderazgo igualmente despótico y autoritario. No se puede pretender liderar un proceso democratizador sin aceptar ni acatar las reglas del juego democrático. No se trata de imponer agendas, sino de alcanzar acuerdos a través del diálogo respetuoso, del debate honesto, de generar consensos.

Quien quiera liderar un proceso de cambios, no sólo debe mostrar que existe un camino que es posible recorrer, sino que debe estar dispuesto a recorrerlo primero. Es muy fácil y pretencioso, desde la distancia y la comodidad de una casa climatizada, con la tranquilidad y la seguridad que te brinda vivir en una sociedad libre y democrática, querer dictar órdenes a quienes se encuentran en el verdadero escenario del conflicto sufriendo las represalias.

El terreno de la lucha política cubana no está ni en el exilio ni en las redes sociales, está dentro de Cuba, que es la que hay que cambiar. No es con shows mediáticos, ni con supuestos y fabricados influencers que se lograrán los cambios que Cuba necesita. No se trata de armar espectáculos que no resuelven nada y sólo sirven de entretenimiento y distracción. Y para exaltar a los pillos de la farándula política que viven y engordan sus cuentas bancarias a costa del sacrificio de la oposición, y a quienes parece no les importa mucho el sufrimiento del pueblo, sino sólo alimentar su propio ego y protagonismo.

No se puede seguir en ese relativismo moral, amparado en frases como “todo vale” o “yo lo apoyo todo”. Porque no, no todo vale en esta vida y en esta lucha. El fin no justifica los medios. Ni se pueden apoyar a la vez propuestas que no sólo son diferentes sino a veces incluso totalmente opuestas.

No podemos seguir diciendo “ahora lo que toca es unirse y después se analizarán las diferencias”, porque si no abordamos desde ahora esas diferencias, nunca podremos ponernos de acuerdo en nada y ese después no llegará. Pero además, detrás de esa frase casi siempre lo que se quiere decir es “ahora tienes que aceptar sin chistar el liderazgo y la propuesta que se te impone”.

No se puede fomentar la unidad de la oposición democrática criminalizando y condenando que se expresen desacuerdos o incluso críticas a las iniciativas de determinadas figuras públicas, que parece que son tan intocables como la cúpula del régimen castrista. Mientras al mismo tiempo se aplaude y hasta se alienta el asesinato mediático de esos que no aceptan ese liderazgo que pretenden imponer en la oposición interna y el exilio.

Promover la unidad no es tratar de uniformar a toda la oposición metiéndola en un mismo saco, sino de asociarse con quienes se compartan no sólo metas y objetivos, sino también principios y valores, y en quienes se tenga la confianza de que se puede recorrer un camino juntos, y la certeza de que se puede contar con ellos para realizar lo acordado hasta lograr las metas propuestas. No se trata de imponer líderes iluminados que se creen descubridores del agua tibia o de la rueda, ni caudillos con delirios de mesías, ni mucho menos liderazgos fabricados en laboratorios de marketing.

El verdadero liderazgo que hay que promover y apoyar es el que está dentro de Cuba, trabajando directamente con los ciudadanos, con iniciativas concretas que buscan la movilización cívica para demandar todos los derechos para todos los cubanos. 

Nuestro papel como exilio debería ser apoyar a los que dentro de Cuba desafían la vigilancia constante y las amenazas, ayudar a visibilizar sus acciones y sus iniciativas, amplificar su voz, promover la solidaridad internacional con esas iniciativas y proyectos que se desarrollan dentro de Cuba, denunciar el acoso y la represión de que son víctimas los activistas prodemocracia en Cuba, demandar la liberación de los presos políticos, desenmascarar el proceso de cambio-fraude instalado por el régimen castrista e impulsar la condena internacional de la dictadura totalitaria cubana.

Entendamos de una vez que ni la unidad se puede dar por decreto o por capricho, ni los liderazgos se pueden imponer desde fuerzas externas, por muy poderosas política o financieramente que éstas sean. Y que éstos también deben respetar la diversidad de criterios y propuestas existentes, así como la libertad de cada cual de adherirse a una u otra forma de unidad, o incluso a ninguna.