El uso cada vez más generalizado entre la población cubana de las redes sociales ha puesto en evidencia pública el grave daño antropológico generado por más de 60 años de dictadura totalitaria comunista. Muchos cubanos en sus publicaciones reflejan, lo digan expresamente o no, la miseria material y moral en que viven los cubanos.

Las imágenes que vemos cuando nos salimos del circuito turístico, maquillado y retocado con frecuencia para brindar una imagen idílica, falsa por demás, a visitantes foráneos, hablan, más allá de la propaganda, de la verdadera Cuba. Imágenes de calles sucias, llenas de basura y escombros, paredes sin pintar, baches que por su tiempo de existencia ya se han convertido en parte habitual del paisaje local, derrumbes de edificios que se repiten una y otra vez. Imágenes que a veces parecen tomadas de una zona de guerra.

Pero no es únicamente miseria material lo que vemos. Las imágenes de cubanos grabando sin inmutarse, y en algunos casos hasta divirtiéndose, con situaciones como una pelea entre estudiantes en una escuela o entre adultos en una cola para adquirir productos de primera necesidad, o un acto de repudio contra opositores al totalitarismo castrista, o escenas de abuso policial, dicen mucho de la indigencia cívica y la falta de solidaridad entre cubanos.

Me llama la atención cómo muchos viven publicando imágenes, frases y mensajes, en unos casos de críticas, en algunos más bien de quejas, y en otros de lealtad a las autoridades dictatoriales o de apoyo a sus medidas, aunque éstas no sean justas ni los beneficien. Sin embargo si alguien les hace un comentario, les pregunta o cuestiona, usualmente responden de una de dos maneras. O bien contestan repitiendo consignas huecas, con descalificaciones, ataques personales y ofendiendo, demostrando así no sólo su falta de cultura democrática sino también su ausencia de argumentos para sostener sus posiciones. O por el contrario, buscan evitar el debate escudándose enseguida en las manidas frases de “a mí la política no me interesa” o “yo no me meto en política”. Pero yo te pregunto, no para que me contestes sino para que reflexiones, encuentres tu propia respuesta, la asumas y seas coherente con ella. ¿De verdad no te interesa la política? ¿De verdad no te metes en política?

Cada vez que dos o más cubanos se encuentran y conversan, independientemente del tópico inicial de conversación, terminan inevitablemente hablando de la situación sociopolítica del país. Y es que en una sociedad como la cubana, donde todos y cada uno de los aspectos de la vida personal, familiar, estudiantil, laboral, cultural, deportiva, social, económica, financiera y legal están absolutamente ideologizados y son controlados y regidos por la política, es absolutamente imposible mantenerse al margen de la misma, aún si de verdad lo intentaras.

La política rige y controla dónde tienes que nacer, qué puedes comer o no, qué ropa te puedes poner, en qué centro médico te tienes que atender y con qué doctor, a qué escuela tienes que ir, qué ideología tienes que profesar, qué carrera puedes estudiar, si puedes o no practicar un deporte de manera profesional, si puedes o no representar a tu patria en algún evento deportivo, si puedes desarrollar y dar a conocer tus dones artísticos o no, si puedes tener empleo o no y cuál puede ser, si puedes emprender un oficio por cuenta propia o no, si se te permite progresar con tu esfuerzo o no, cuánto vas a ganar con tu salario, cuánto tienes que pagar por cada uno de los bienes y servicios que necesitas y en qué moneda, aunque no sea en la que te paguen, si puedes viajar o no, qué tienes que creer y aceptar dogmáticamente aunque esto cambie de manera radical de un día a otro, qué puedes decir o no, qué y a quiénes se puede criticar, y qué y a quiénes no, si puedes o no tener buena imagen pública, y hasta si puedes o no velar a tus muertos, y dónde y cómo son los servicios fúnebres.

Todo esto, y todavía mucho más, lo deciden las máximas autoridades políticas del régimen castrista, que no han sido elegidas a esos cargos por el pueblo, a base de un criterio puramente ideológico, y basado en que mantengas públicamente una imagen de lealtad y apoyo incondicional, o cuando menos de sumisión y abyección absolutas.

El cubano que dice “a mí la política no me interesa” o “yo no me meto en política”, en el fondo lo que está diciendo, sea consciente o inconscientemente, es que está de acuerdo en que tanto él como sus familiares sigan viviendo como esclavos y que sean otros quienes decidan por él, no sólo qué tipo de vida tiene que llevar, sino además que tiene que vivir eternamente agradecido de que así sea. Y aunque soy de los que cree que nadie se merece vivir bajo la opresión y la servidumbre, y que todos merecemos una vida digna y justa, también creo que todos somos responsables, ya sea por acción o por omisión, de la vida que llevamos.

Quizás tú que me estás leyendo, eres de los que, como muchos otros cubanos, dicen que no se quieren meter en política, pero la política sí se mete contigo, y define y dirige tu vida y la de tus seres queridos. El ejercicio totalitario del poder por parte de la oligarquía política-económica-militar que ha regido el país por más de 60 años, te obliga a definirte políticamente de una manera pública, independientemente de que esta definición coincida o no con lo que internamente creas en realidad.

Por eso asistes a eventos políticos a los que no quisieras ir, pero lo haces “para no marcarte”. Por eso te quedas callado en una asamblea cuando dicen o te imponen algo con lo que no estás de acuerdo, y hasta terminas dándole tu apoyo público. Por eso hay temas de los que no te atreves a hablar en público. Por eso cuando lo haces con aquellos en quienes más confías, lo haces hablando bajito y mirando a los lados para asegurarte de que no lo oigan otros.

Por eso, como decimos en buen cubano, sólo saltas cuando te pisan el callo. Y entonces, y sólo entonces, te atreves a balbucear alguna que otra queja, la mayoría de las veces, sin ir más allá. Aunque algunos a veces se atreven a hacer algunas críticas o reclamaciones, pero sin ir a la raíz del asunto. A veces me pregunto cuando veo estos casos si realmente están buscando una solución o si sólo se trata de un ejercicio mental de autoengaño para tratar de calmar su propia conciencia, diciéndose a sí mismo “al menos lo intenté, al menos dije algo”.

También están quienes, en dependencia de cuán fuerte le hayan pisado o de cuán grande fuera su callo, denuncian alguna situación real de injusticia o hacen alguna reclamación legítima, aunque casi siempre seguida de un “pero”. Frases como “esto no es una crítica al gobierno” o “esto no es un reclamo político”, o definiciones aclaratorias como “yo no soy contrarrevolucionario”, demuestran el grado de ignorancia, confusión, indefensión y/o temor en que viven muchos cubanos. O peor aún, el oportunismo y la cobardía solapada que esconden algunos. Lo curioso es que en la mayoría de estos casos, reclaman a la sociedad una solidaridad que no son capaces de dar a otros.

No puedo dejar de mencionar a aquellos cubanos que buscan reclamarle a gobiernos extranjeros la responsabilidad de hechos y situaciones que no se atreven a exigirle a quien de verdad la tiene, al propio régimen dictatorial cubano. Reclamos que a veces se disfrazan y esconden en causas que pueden parecer justas, y puede que en algunos casos tengan algo de razón, pero que nunca van a la verdadera esencia ni a la raíz del problema. Son cubanos que cuando se les questiona por qué no le exigen primero al régimen totalitario cubano su responsabilidad, no sólo se niegan a llamar a la dictadura por su nombre sino que además responden de manera hipócrita y cínica que ellos no están interesados en hacer política.

Muchos de estos cubanos coinciden con la dictadura en el desconocimiento y la descalificación de todos aquellos cubanos que se oponen abierta y públicamente al totalitarismo castrista y al proceso de cambio-fraude que pretende legitimarlo.

Pero afortunadamente siempre hay también muchos cubanos dignos y valientes, que asumen con generosidad y sacrificio la lucha por la libertad y por los derechos de todos. Por todos los derechos y para todos los cubanos. En ellos, al decir de Martí, va un pueblo entero. Cubanos que han tenido que sufrir actos de repudio. Cubanos que han sido arbitrariamente expulsados de sus centros de estudios o de trabajo. Cubanos que han sido condenados a largas sentencias de prisión injusta. Cubanos que han sido forzados al exilio y al destierro. O peor aún cubanos que como Oswaldo Payá y Harold Cepero, han sido asesinados por sicarios que responden a las órdenes de las máximas autoridades del régimen comunista cubano.

Una sociedad que sólo reacciona a shows mediáticos que únicamente ensalzan a los pillos de la farándula política, que viven del dolor y la miseria ajenas, sólo puede aspirar a lo que ya recibe, puro entretenimiento. Una sociedad que espera pasivamente por un nuevo mesías salvador que la rescate, sólo puede aspirar a cambiar de tiranos pero no al fín de la tiranía. Una sociedad que no se solidariza con aquellos que tratan de mejorarla, no puede esperar que otros se solidaricen con su sufrimiento. Una sociedad que sobrevive excesivamente politizada pero que le tiene pánico a siquiera hablar abierta y sinceramente de política, no puede esperar otra cosa que la continuidad de lo que está viviendo. Una sociedad que no es capaz de asumir su propia cuota de responsabilidad en la situación que vive, o más bien sufre, está condenada a seguir bajo la servidumbre y en la miseria por mucho tiempo.

Pero soy optimista por naturaleza y confío en que más temprano que tarde, muchos van a salir del letargo en que se encuentran y se unirán a esos que hoy son vilipendiados por unos e ignorados por otros, y que como hormiguitas, sin muchos apoyos ni estruendosas campañas mediáticas ni shows políticos, asumen coherente y valientemente su compromiso político, y están sembrando y trabajando por construir una Cuba verdaderamente libre y democrática, “con todos y para el bien de todos”.